martes, 9 de febrero de 2010

SOLA

SOLA


M. Carmen Rodríguez Molero


Luna perdió su virginidad hace un mes. Se levanta para ir al instituto, se dirige al baño con la esperanza de encontrar la mancha roja del perdón. Cierra los ojos antes de enfocarlos en sus braguitas, no aparece ninguna señal. Se mira al espejo para comprobar que ya no le quedan lágrimas, las ha derramado noche tras noche desde aquel fatídico día en que despertó en una calle estrecha, enjaulada entre dos hileras de pisos que impedían a los rayos del sol acariciar el suelo, donde el olor a orines le provocó nauseas, se puso en pie y dando trompicones consiguió alcanzar la salida del oscuro túnel. La luz de la ciudad le evocó lo ocurrido: el botellón, el chico de la camiseta de rayas, y después ¿qué?

-Luna, baja, vas a llegar tarde – grita su madre.

-Ya voy mamá.

Sentada en la mesa frente a su madre, antes de desayunar, rezan las primeras oraciones del día.

-Amén – dicen las dos a la vez.

-Estás un poco distraída, ¿te pasa algo?

-No, estoy preocupada por los exámenes.

-Antes de salir, te lavas la cara qué pareces una cualquiera – le ordena sin mirarla.

Luna obedece. En su bolso guarda su lápiz de labios y su rímel. Hoy no irá al instituto, hoy irá a la farmacia para comprar un test de embarazo. Con su amiga Celia va a la biblioteca, entran en los servicios con los dedos cruzados. El pipí moja el papel, en él aparece una banda de color rosa.

-Mis padres se morirán de vergüenza, cuándo se enteren me mataran, Dios cómo

he podido hacerles esto, quiero morirme, quiero morirme – ahoga Luna sus palabras en el pecho de Celia.

Mañana cumple dieciséis años. La fiesta será en un local en los bajos de su edificio.

Todos sus amigos y amigas han acudido a la cita, le traen regalos. Luna se retrasa, frente al espejo de su tocador se maquilla. Baraja dos opciones: Luís o la clínica, buscar un padre improvisado o abortar.

Su madre entra, enfoca su mirada en la imagen que de su hija le devuelve el espejo, le da un beso y le ordena que se quite el maquillaje. Luna hoy no obedece.

La fiesta ha sido divertida, Luís se ha pasado la noche mirándola, un año hace que le declaró su amor, ni una muestra de cariño ha recibido de ella, pero hoy lo ha mirado un par de veces. Todos se han ido, sólo quedan él y ella.

-¿Quieres ver el coche que me han regalado mis padres al cumplir los dieciocho años? – le pregunta Luís con las mejillas sonrojadas.

-Me encantaría.

Se detienen frente al parque en una zona oscura, Luís coge la mano de Luna y la besa, ella le enseña sus pechos y guía su mano hasta ellos.

A las doce de la noche se despiden con una sonrisa. Luna no puede dormir. Por la mañana, después de rezar con su madre, y quitarse el maquillaje, se sube al autobús, hoy no irá al instituto, tiene dieciséis años.

Jaén, veinticuatro de mayo de 2009

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